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Espectáculos - August 11, 2005

Natalia Lafourcade y “La Forquetina”

La cantante regresa, ya no
como solista, sino como parte
 del grupo La Forquetina

12 de agosto de 2005

No es precisamente habitual que un cantante pase de ser solista a integrarse a una banda, sobre todo si ha tenido cierto éxito dentro de la industria.

En realidad, el proceso es casi siempre al revés. Es por eso que las personas que trabajaban con Natalia Lafourcade —quien obtuvo no sólo muy buena críticas con su debut discográfico como solista, sino que fue llamada a colaborar en diversos proyectos por algunos de los artistas mexicanos de mayor relieve, tanto en el plano musical como en el cinematográfico— se quedaron desconcertadas cuando la joven mujer mostró su determinación para transformar el nombre con el que se la conocía ya en diversas instancias, adoptando una denominación grupal que reflejara la participación de todos los músicos de su banda en la creación de las nuevas canciones que forman parte del disco Casa.

“En realidad, tres meses después que salió el primer disco, yo ya quería que la gente nos conociera como La Forquetina y que los músicos fueran a todos lados conmigo, porque ya sabíamos que el álbum siguiente se iba a grabar como banda”, enfatiza la vocalista y guitarrista. “Los de la disquera me dijeron que estaba loca, pero con el paso del tiempo, les hemos ido demostrando que sí vale la pena hacerlo de este modo, porque en el álbum se escucha la diferencia entre las dos etapas”.

Según Natalia, si su nombre se mantiene aún en la denominación del grupo es porque tuvo que negociar de algún modo con los empresarios la decisión del cambio.

“Fue como un punto medio”, agrega. “Además, había que unir esto con el proyecto pasado y no partir de cero; nadie quería desaprovechar lo que se había hecho anteriormente”.

A diferencia de la citada placa solista —con su nombre como título—, en la que cada una de las canciones fue compuesta por Natalia y grabada con instrumentistas de sesión, Casa se construyó con el aporte de todos los músicos de La Forquetina, es decir, Alonso Cortés (batería), César “Chanona” Gómez (bajo) y Yunuen Viveros (teclados).

“Todo se hizo en equipo”, sigue Lafourcade. “Algunos de los temas tenían ya una letra y una melodía, y entre todos les pusimos lo demás. Otros vinieron de una línea de bajo, de una estructura musical o de una programación, y me tocó poner lo mío; y aunque hice casi todas las letras, hay un par de ellas que se hicieron con la colaboración de toda la banda”.

Más allá de las responsabilidades compartidas, al escuchar el disco se hace muy evidente que el sonido de Natalia se ha endurecido, ya que hay varias canciones en las que mandan poderosas guitarras eléctricas que, para mayor novedad con respecto al trabajo pasado (donde las únicas cuerdas que la chica empleó fueron las vocales), terminaron siendo completamente grabadas por la misma Lafourcade.

“Todo esto pasó en el proceso de componer la segunda mitad de las canciones que hicimos para el álbum”, recuerda ella. “Allí salió lo de la guitarra eléctrica pa’que suene el rock, pa’que suenen las distorsiones; y como no había nadie que tocara ese instrumento durante la grabación de las maquetas [demos], yo grabé esas partes. Cuando fuimos donde Meme [del Real, tecladista de Café Tacuba y productor de gran parte del disco], él escuchó lo que habíamos hecho y nos dijo que en el álbum no iba a grabar nadie más que nosotros, porque quería que sonara realmente a lo que somos en vivo”.

Esta circunstancia marca una diferencia de estilo que, si bien conserva en sus mensajes la inocencia habitual de lo que ya se le conoce a Lafourcade, impresionará gratamente con sus filosas aristas a quienes se apresuraron en descalificarla debido a la orientación pop de su primer trabajo, que fue en parte producido por Aureo Baqueiro (Sin Bandera, OV7), quien trabajó nuevamente en varios de los cortes de la nueva placa.

“Ultimamente empecé a sentirme muy identificada con PJ Harvey y The Cure. Escuchaba las distorsiones y decía: ‘¡Yo lo quiero hacer, qué padre!’; y ahorita que lo hago, es como que algo me recorriera por dentro”, dice la entrevistada.

Voz a los demás

“Chanona” toma la palabra para afirmar que han pasado tres años de labor conjunta, durante los cuales los integrantes de la banda han cambiado de gustos y viajado a países que les han dado perspectivas musicales diferentes.

“Queríamos proyectar todos esos cambios”, señala. “¡No podemos pasarnos la vida tocando En el 2000 o Elefantes! [algunos de los éxitos del disco anterior]”. Para Alonso —quien antes de integrarse a La Forquetina tocaba en un conjunto de funk—, el balance que se ha logrado ahora para los shows en vivo entre el material antiguo, de tendencia muy melódica, y los nuevos cortes de estilo más poderoso resulta ideal.

“Está padre poder combinar los dos estilos, porque si no quedaría cansadísimo después del concierto”, asevera con una sonrisa. “Ahora podemos decir que tenemos influencias del hip-hop y del house, y que de ahí pasamos a una onda más rockera, llevados quizá por bandas actuales que nos influyen inconscientemente, como The Killers, Interpol y Franz Ferdinand”.

Según Yonuen, el trabajo en el estudio fue muy orgánico, incluso en lo que respecta a la grabación de los teclados, que en vez de pasarse directamente a la computadora (“lo que te da un sonido bueno pero ‘flaquito’”), se conectaron a amplis de guitarra “para que sonaran calientes, ‘chonchos’. Todo fue súper real; los detalles electrónicos se metieron después, con más calma”, agrega.

En el plano de las letras, como ya se insinuó más arriba, se mantiene ese nivel de sencillez e inocencia que distinguía al compacto que llevaba el nombre de la artista.

“No pretendemos cantarle a la política ni a la sociedad; lo haremos en algún momento si se da naturalmente”, explica Natalia, para agregar inmediatamente que su tema favorito del nuevo álbum es Cuarto encima, una canción que, a pesar de sus fuertes guitarras eléctricas, lleva una letra que habla simplemente de una joven que se enfrenta al desorden de su habitación.

“La hice cuando estaba enferma; me encerré en mi cuarto y eso hizo que tuviera que enfrentarme a todo su desorden, que de algún modo era un reflejo de mi propio desorden mental”.

Pero hay otros momentos en los que se pueden descubrir aspectos más complejos de la joven mexicana, incluso en lo que corresponde a Saúl, un corte que habla esencialmente de un travesti que anhela lo que tienen las auténticas mujeres pero que, según Natalia, también hace referencia a inseguridades personales.

“La escribí en medio de uno de esos momentos que le pasan a muchas mujeres, cuando no nos sentimos a gusto con nosotras mismas y tratamos de compararnos con lo que vemos en la televisión o en las revistas… o cuando sientes que una persona no te va querer porque no eres como otras chicas”, comenta. “Siempre existe la presión de que seas perfecta y eso es lo que hace que ser mujer resulte, a la vez, tan hermoso y tan difícil. Pero en realidad las letras del disco están cargadas de sarcasmo todo el tiempo, como en El amor es rosa, que emplea el cliché para demostrar que es falso, no para proclamarlo”.

La presencia de una mujer tan joven como Natalia Lafourcade, de 21 años, en el panorama rockero de Latinoamérica puede indicar la aparición de una nueva generación de artistas femeninas que compitan con figuras como Andrea Echeverri, Ely Guerra y Julieta Venegas, quienes por haber pasado la barrera de los 30 años hacen alusión a temáticas adultas.

“Ellas ya se ganaron el respeto que merecen y tienen una carrera sólida, mientras que nosotras estamos empezando”, dice Lafourcade antes de poner como ejemplos a Belanova y La 5ª Estación, dos bandas afincadas en México que cuentan con cantantes femeninas (pero que, dicho sea de paso, no son precisamente rockeras).

“Mi disco anterior le gustó a muchos niños; sería bueno poder desarrollarnos al lado de ellos”, concluye. “Cuando escucho las letras de Ely me doy cuenta de que van totalmente con lo que ella es y con el momento que atraviesa; nosotros, mientras tanto, hablamos de calcetines y de cosas que se salen de los cajones [risas], aunque lo hacemos con mucha imaginación. Ojalá que vayamos creciendo con el tiempo”.

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