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Buenas Noticias - May 15, 2005

Recuerdan a Ramón López Velarde con lectura de su obra

El gran poeta zacatecano

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 12 de mayo de 2005. Un nombre clave en la historia de la literatura nacional es el de Ramón López Velarde, cuya obra marcó nuevos derroteros para la poesía mexicana en los albores del siglo XX. López Velarde, zacatecano de origen, pasó importantes años de su vida en San Luis Potosí, donde se recibió de abogado en 1911.

Así, para recordar su obra y su estadía en tierras potosinas —también fue juez en El Venado durante un tiempo breve—, la Secretaría de Cultura estatal y la Delegación de la Secretaría de Relaciones Exteriores en San Luis Potosí organizaron el jueves 12 una velada en honor del autor de “La Suave Patria”, en la sede delegacional, ubicada en Río Nazas 190, colonia Los filtros, de la capital potosina.

En dicho acto, se llevó a cargo la lectura de poemas y fragmentos de su prosa, la cual estuvo a cargo de Jaime Loredo, Saúl Castro y Mario Alonso, ante personas amantes de la poesía y, sobre todo, devotos admiradores del vate zacatecano, quien respiró los mismos aires que en su día lo hiciera uno de sus más admirados poetas: Manuel José Othón.

Acerca de López Velarde, una voz crítica y con amplio conocimiento del tema, Xavier Villaurrutia, ha dicho: “En la poesía mexicana la obra de Ramón López Velarde es, hasta ahora, la más intensa, la más atrevida tentativa de revelar el alma oculta de un hombre; de poner a flote las más sumergidas angustias; de expresar los más vivos tormentos y las recónditas zozobras del espíritu ante los llamados del erotismo, de la religiosidad y de la muerte”. A pesar del tiempo transcurrido —Villaurrutia murió en 1950 en la capital de la República—, este juicio sigue vigente, inalterable.

Ramón López Velarde

Nació en Jerez de la Frontera, Zacatecas, el 15 de junio de 1888, el mismo año en que Rubén Darío publicó su revista “Azul”. Empezó a escribir cuando ingresó en el Seminario Conciliar de Zacatecas en 1900. Después fue a estudiar al Seminario de Santa María de Guadalupe, en Aguascalientes, y posteriormente al Instituto de Ciencias de la misma ciudad. En 1908 ingresó al Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí y colaboró en periódicos y revistas de provincia. Aunque conoció a Francisco I. Madero en 1910 y le simpatizó el movimiento revolucionario, no fue seguidor de esta causa. En 1911 recibió el título de abogado y ejerció su profesión como juez en El Venado, San Luis Potosí.

En 1912 viajó a la ciudad de México y al año siguiente volvió a San Luis Potosí. Inconforme con su suerte o, tal vez impedido por la tormenta revolucionaria, se trasladó definitivamente a la capital del país en 1914. No hay casos semejantes al de Ramón López Velarde en la historia de nuestra literatura, no sólo por su genio y la calidad de su lenguaje, sino porque a él se debe, en mucho, el cierre del modernismo y la fundación de nuestra poesía contemporánea. Fue un hombre de su tiempo, que recibió numerosas influencias de la mejor literatura entonces en boga. En periódicos y revistas de la ciudad de México publicó con regularidad ensayos, poemas, periodismo político, ensayos breves y crónicas. Aquí, como diría José Luis Martínez, “cumple el destino oscuro de los pretendientes sin título en la corte”: ocupa modestos puestos burocráticos y docentes —fue profesor de Literatura en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela de Altos Estudios, antecedente de la actual Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM—, entabló rápidas y efusivas amistades entre el mundillo periodístico y bohemio y se inició con arrojo, pero también con timidez y freno religioso, en el erotismo a su alcance —ya es un hecho conocido que López Velarde frecuentaba prostíbulos y casas de citas.

En 1916 apareció su primer libro, editado por “Revista de Revistas”, consagrado “a los espíritus de Gutiérrez Nájera y Othón”, con el título “La sangre devota”, cuyo contenido delata su nostalgia por la provincia, el fervor de su pureza y la figura de la musa de sus primeros versos, la mítica Fuensanta. Este amor primero se llamó en realidad Josefa de los Ríos, también oriunda de Jerez y ocho años mayor que el poeta, quien murió en 1917 y seguramente tuvo una relación platónica con el joven López Velarde. En 1916 inició una relación sentimental con Margarita Quijano —maestra culta y hermosa, diez años mayor que él—, que fue breve, ya que ella la terminó por “mandato divino”.

En su segundo libro, “Zozobra” (1919), pueden advertirse ya las marcas, las “flores de pecado”, como él las llama, resultantes de haber vivido en la ciudad. En ese momento tiene 31 años y continúa soltero. En este mismo año, un amigo de la Escuela de Leyes de San Luis Potosí, Manuel Aguirre Berlanga, secretario de Gobernación, lo llevó a trabajar a su lado. En mayo de 1920, la rebelión obregonista hace huir al gobierno y el presidente Carranza es asesinado en Tlaxcalaltongo el 21 de mayo. López Velarde perdió su trabajo y decidió no colaborar más con el gobierno; sin embargo, en 1921, cerca del aniversario de la Independencia, escribió uno de sus trabajos más conocidos: “La Suave Patria”. Este hecho, aunado a lo que él sobrellevó también como un fracaso sentimental, acabó con su ánimo.

Un año más tarde, en 1921, murió en la madrugada del 19 de junio asfixiado por la neumonía y la pleuresía, en una casa de apartamentos de la Avenida Jalisco —en la actualidad Álvaro Obregón. Las poesías que dejó a su muerte fueron reunidas en el libro “Son del corazón”, y su prosa, que incluye comentarios líricos, retratos literarios, críticas, recuerdos de provincia, temas del momento, etcétera, fueron reunidos por Enrique Fernández Ledesma en “El minutero”. Lo habían matado, según el ya citado Martínez, quien compiló y prologó sus “Obras” en un tomo, “dos de esas fuerzas malignas de las ciudades que tanto temiera: el vaticinio de una gitana que le anunció la muerte por asfixia y un paseo nocturno, después del teatro y la cena, en que pretendió oponerse al frío del valle, sin abrigo, porque quería seguir hablando de Montaigne”.

Comentarios a esta nota: Gregorio Martínez Moctezuma

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