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Buenas Noticias - March 22, 2005

“Música popular mexicana”, una selección afortunada y llena de colorido, que gusta a todo mundo

Portada de bello contenido musical

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 20 de marzo de 2005. México es un país que destaca en el mundo por sus diversas y ricas manifestaciones culturales cuyas profundas y añejas raíces provienen desde tiempos prehispánicos, las cuales han logrado desarrollarse en robustos y abundantes árboles, al modo de los centenarios y majestuosos ahuehuetes.

Así, una de las expresiones artísticas que han logrado conquistar el gusto de la mayoría de los mexicanos es la música, que desde hace muchos años ha conseguido crear un lenguaje propio, un estilo que nos identifica y reconoce ante los ojos —y los oídos— de las demás naciones.

Pero cabe señalar que nuestra música no sólo es de nuestro gusto, sino que su calidad y estilo han logrado trascender fronteras y capturar la atención de miles de personas en el mundo entero. Y no me refiero sólo a la llamada música popular, sino también a la de concierto.

Ahora me voy a referir a un disco que grabó la Orquesta Filarmónica de Jalisco bajo la batuta del maestro Guillermo Salvador, entonces su director, en el Auditorio del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana, en la Perla Tapatía en enero de 2000.

El disco se titula “Música popular mexicana” —producido por Quindecim Recordings— y es una especie de homenaje a las creaciones de compositores que han logrado colocarse entre las preferidas del público mexicano, obras que fueron creadas para gustar a un público amplio, de ahí la acepción de “populares” —tal vez a excepción de dos: la rapsodia y el vals—. Además, cabría agregar que casi todas son del siglo XX, menos una, el mismo vals, que goza de prestigio universal.

Pero entremos en detalles. Once son las composiciones que integran “Música popular mexicana”: “Guadalajara”, de Pepe Guízar, “Caminante del Mayab”, de Guty Cárdenas, “Corrido de Monterrey”, de Severiano Briseño, “Bésame mucho”, de Consuelito Velázquez, “Rapsodia latinoamericana”, de Manuel Enríquez, “Peregrina”, de Ricardo Palmerín, “Vals sobre las olas”, de Juventino Rosas, “Qué bonita es mi tierra”, de Rubén Fuentes, “El sinaloense”, de Severiano Briseño, “Camino Real de Colima”, de Nabor Rosales, y “A Tabasco”, de J. del Rivero.

A todas luces, se puede apreciar que es una selección afortunada y llena de colorido, un muestrario de esa riqueza cultural a la que me referí al inicio. Además, quizá sin que haya sido el propósito, es un tributo a músicos tapatíos, pues Guízar, Velázquez, Enríquez y Fuentes son paisanos de Juan Rulfo y Juan José Arreola.

Esta grabación, a mi parecer, tiene una doble virtud: transportarnos por territorios queridos de nuestro país y de nuestra educación sentimental y musical, así como hacerlo mediante un trabajo musical extraordinario, profesional y de calidad evidente. Un disco cuyo valor va más allá de ser un testimonio necesario de las expresiones musicales populares que han alcanzado el honor de ser grabadas por una orquesta sinfónica, aunado al que les proporciona ser interpretadas por una agrupación de una trayectoria reconocida e indiscutible, como lo es la Filarmónica de Jalisco, cuyos orígenes se remontan a la segunda década del siglo pasado, cuando José Rolón empezó a organizar músicos y conciertos en Guadalajara.

Indudablemente, “Música popular mexicana” es un disco que gusta a propios y a extraños, a los amantes de la música popular y a los de la de concierto, a los del sur y a los del norte, a los románticos como a los alegres, pues reúne todos los ingredientes para ello: calidad, variedad y excelentes arreglos, mismos que brindan a las composiciones un sonido fresco, novedoso, como si les dieran nuevos bríos, nuevos modos de escucharlas.

Finalmente, hay que agregar que su cubierta o portadilla es de singular belleza, ya que reproduce la obra “Eclipse” del pintor y escultor Carlos Terrés, nacido en Lagos de Moreno, Jalisco, elaborada durante el homónimo fenómeno astronómico del 11 de julio de 1991 en Brea, California, ciudad estadounidense en la que también se exhibe, y que representa el momento mágico de la unión amorosa entre el sol y la luna. Un disco, por donde se le vea, hecho para un goce estético pleno. Compruébelo.

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