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Toros y Deportes - February 1, 2005

Recordando a un torero cuyo valor era monumental, lo llamaban “Corazón de León”

Estampas taurinas de antaño

Guillermo Salas Alonso
El Universal

Martes 01 de febrero de 2005.- Cuenta la leyenda que, en cierta tertulia, de las que son muy comunes en España, se reunieron diversos personajes en el café Fornos de Madrid tras un imponente triunfo de Juan Belmonte El Pasmo de Triana .

Entre ellos el escritor español Ramón María del Valle-Inclán, quien le dijo al "revolucionario del toreo": "Juanillo, para que seas inmortal no te falta más que morir en la plaza".

La respuesta inmediata, llena de sabiduría del diestro, fue: "Se hará todo lo posible, maestro".

Se cuenta, asimismo, que Rafael Guerra Guerrita , el primer mandón del toreo en el mundo, ya retirado, comentó de Belmonte: "Quién quiera verlo que sea pronto".

Pero se equivocó Guerrita .

La lógica aconseja que es normal que alguien que se juega la vida en un ruedo ante el toro, si riega su sangre y muere en el albero (arena) del redondel, es legítimo.

Así se entiende y se acepta.

Sin embargo, la regla no sigue la lógica y suele acontecer todo lo contrario, la incongruencia pura, auténtica e impredecible, El personaje de esta historia que nos ocupa, es un torero cuyo valor nunca estuvo en tela de duda y su alías Corazón de León es intrínseco en el fondo del concepto: el leonés Antonio Velázquez.

A Juan Belmonte no lo mató un toro como era la teoría generalizada. Tampoco el epílogo de Antonio Velázquez resultó normal, pese a dos cornadas en que le ganó la partida a la parca, no así al destino.

Eso sí, alcanzó por su valor espartano todas las metas trazadas y a un nivel muy por arriba, quizá, de lo que él mismo pensó o supuso.

Le temblaba la barbilla

Antonio Velázquez, que nació en la ciudad de León, Guanajuato, el 14 de diciembre de 1920, fue paisano del maestro Rodolfo Gaona.

De cuna humilde, fue hijo de un zapatero de esa ciudad cuerera.

La euforia por el toro lo atrapó de pequeño. Y, a la edad de 18 años, en 1938, anduvo en la cuadrilla del maestro Luis Castro El Soldado .

Ahí aprendió, muy bien, la técnica del toreo. Inclusive empezó a moverse con seguridad, o dicho en términos taurino ya tenía sitio con el toro; por ello, en 1942, se decidió a dejar la capa larga y tomar la muleta y espada…

Fue la tarde del 19 de junio, alternó con Luis Briones y Antonio Toscano, con seis cárdenos de Piedras Negras. Al tercero, de nombre "Quitasol" le formó, como suele manifestarlo los toreros, un lío de los grandes. Le cortó el rabo. Así fue su etiqueta de presentación.

No había por qué sorprenderse, cuando se ha caminado la legua, aún de banderillero y con una figura del toreo como El Soldado , se aprende el oficio y muchos secretos.

Y oficio era lo que ya tenía el leonés, además de ese valor sereno. Tanto que se imponía al toro, cuando le temblaba la barbilla. Esa es la real valentía.

Esa misma campaña menor fue el ganador de la "Oreja de Plata" y el aficionado, que antes sabía esperar y calibrar a los novilleros, dándoles su tiempo para que se hiciesen matadores, captó que Antonio estaba listo y cuajado para tomar la alternativa.

Esta llegó, al año siguiente, el 31 de enero de 1943. El debut del hierro de Pastejé, con Fermín Espinosa Armillita que apadrinó la ceremonia y atestiguó de ella el Compadre Silverio Pérez.

Pese a sus adelantos técnicos, su oficio y valor, Antonio que ya se le aplicaba lo de Corazón de León , pudo habérsele quitado de torero. Armillita cuajó a "Clarinero" y Silverio a "Tanguito". Dos modelos de trasteos en tarde que un chamaco toda disposición, carácter y ambición sólo pudo estar hecho un "león", ante "Andaluz" un bravísimo ejemplar, el del doctorado. Y cumplió en el otro.

Es difícil sobreponerse de las secuelas que dejan esas tardes en que los alternantes están en esas alturas. Matemático, perfecto el maestro Armillita , El Faraón en un nivel de arrebatadora sublimidad torera.

Antonio, que como torero podría o no gustar, supo imponerse totalmente a la adversidad. Sí, hubo que remar contra corriente para sacar la cabeza y alcanzar la meta, el propósito y la cumbre.

Velázquez era orgulloso, sabía que la profesión es campo minado. Siguió en la línea hasta que en febrero de 1945, en la corrida de la "Oreja de Oro", no pudo torear el maestro David Liceaga. En la agrupación de matadores se hizo una reunión y el leonés jugó un volado que ganó y entró, a última hora, al cartel.

Aprovechó esa buena acción del destino para salir a darse un arrimón desesperado. Se jugó la vida y a sus manos fue a parar el áureo trofeo. Le abrió, además, las puertas para empezar a funcionar.

Ese mismo año fue a probar fortuna a España. Confirmó el doctorado a fines de temporada, el 4 de octubre, de manos de Rafael Albaicín y como testigo el sevillano Pepín Martín Vázquez.

Fue un lapso en que Velázquez se volvió un auténtico can de presa. Se dio cuenta que había que estar siempre bien, cortarle las orejas a los toros, a como diera lugar, a mordidas se fuese necesario. Además se impuso a una terrible cornada en Papantla, Veracruz, que le lesionó la pleura. Su recuperación fue lenta.

Se colocaba, ante el toro, en un sitio que olía a cloroformo. Le puso los muslos, auténticamente, en los mismos diamantes de los pitones. Se afirmó, en ese entonces, que era un torero "encimista", dado la distancia que pisaba. Es lo bueno de la fiesta que es tan disímbola y que existen trazos para los diversos gustos de los aficionados, lícito que así sea.

En esa tesitura empezaron a acumularse los triunfos. Ya en la Monumental Plaza México, en la temporada del 1947, el 28 de diciembre, le cortó el rabo al toro "Amapolo" de Piedras Negras, alternando con los Luises: Briones y Procuna.

En línea recta siguieron los éxitos de Corazón de León . Ese mote al que no defraudó. En la temporada de 1948, dos rabos seguidos a sendos toros de Coaxamalucan. El 4 de enero al toro "Arlequín", alternando con Fermín Rivera y Gregorio García, y el otro, el 18 de enero, a "Fandanguero", tarde en que hizo el paseo con Fermín Rivera, en mano a mano.

Encaramado en la cumbre, el 9 de enero de 1949, alternando con Silverio Pérez y Rafael Rodríguez, con el que hizo pareja y cultivó una estrecha amistad, realizó la faena que se considera la mejor de su historial, a "Rey de Copas", de La Laguna.

Semanas después, el 6 de febrero, cuajó a "Bandolero" de Piedras Negras en cartel que hizo tercia con Fermín Espinosa Armillita y Jesús Córdoba y otro más el 27 de marzo en mano a mano con Rafael Rodríguez al toro "Cubanito" del hierro de Torrecilla.

Echaba lumbre

Todavía, el 5 de marzo de 1950, en entrevista con Silverio Pérez, obtuvo el séptimo rabo en la Plaza México, mismo número que logró Fermín Rivera, al cortárselo al toro "Asturiano" de Pastejé. Se ubicó entre los primeros lugares de ese rubro al momento, superado nada más por Manolo Martínez, con 10; Eloy Cavazos y Joselito Huerta, con ocho.

La adrenalina que queman cada tarde los toreros es en una cantidad industrial. El peso de la responsabilidad, la exigencia cada día mayor del público taurino tan veleidoso como ninguno. Lo señaló Guerrita : "Me echa el público, no me voy".

Ese descenso se debió primero a que el 25 de febrero de 1951, en la corrida de la Concordia", tras la firma de un nuevo convenio, mismo que el propio Antonio Velázquez rompió como mandamás de los toreros meses antes, Carlos Arruza estuvo cumbre.

El leonés debe haberse sentido como en su doctorado ante el maestro Fermín y Silverio. En esta ocasión ante El Ciclón Mexicano .

Después, en la corrida del adiós de Silverio Pérez, el 1 de marzo de 1953, un toro de La Laguna le propinó una seria cornada.

Su última actuación en el embudo capitalino fue la tarde del debut y confirmación de alternativa de Manuel Benítez El Cordobés , el 7 de febrero de 1965, Jornada desairada, debido a una muy mala corrida de Ernesto Cuevas.

A la parca sí, al destino no

En el lapso del percance en el adiós de Silverio y el debut del torero de Palmas del Río, Antonio Velázquez siguió su carrera y obtuvo triunfos importantes en la plaza de toros "El Toreo" de Cuatro Caminos y, asimismo, una cornada que pudo costarle la vida. Se impuso a la parca, al golpe de su guadaña ese día.

"Escultor", de Zacatepec, le infirió tremenda cornada en la cara. De las más impresionantes que se tenga memoria.

El pitón del burel entró en la barba, le atravesó la lengua, le fracturó las mandíbulas, y otros destrozos en la cavidad bucal. La hemorragia no le dejaba respirar, menos estando acostado. Con entereza Velázquez se sentó para que los médicos actuaran. El pitón quedó a escaso centímetro de la pared del cerebro. Espeluznante momento.

Lo anterior hace reflexionar en las palabras de don Ramón María del Valle-Inclán: "Juanillo, para que seas inmortal no falta más que morir en la plaza".

Parecerá inhumana la frase, brutal se puede enfatizar, pero es una muerte digna de los hombres que se juegan la vida ante los toros.

Antonio, que se jugó el albur cientos de veces y ante miles de "enemigos", no pudo evitar la crueldad del destino, que le deparó como epílogo a su vida e historial dentro de la fiesta, la muerte más ilógica, absurda e incomprensible en todos aspectos.

Sí, ya corría su ocaso en la profesión. El 28 de agosto de 1966 le otorgó la alternativa, en Monterrey, a Eloy Cavazos, todavía en actividad como figura del toreo y ante un mandón de la fiesta, Manolo Martínez, como testigo.

La raya del destino. Una tarde apacible, el 15 de octubre de 1969. Ofreció un ágape a un grupo de amigos en su residencia de Mariano Escobedo en Polanco, frente al centro comercial "Puerto de Liverpool", entre ellos estaba el matador de toros venezolano Carlos Málaga El Sol . Su trágico signo ya se había marcado.

Al concluir el ágape, Antonio invitó al grupo a las obras que realizaba. Subieron al segundo piso.

¿Cómo se produjo el accidente?

Nadie, a ciencia cierta, lo puede explicar. El hecho es que, sin aparente peligro al deambular por ahí, Antonio resbaló, cayó al vacío, estrellándose en el piso para encontrar así una muerte casi instantánea.

La vida de cada quien, entre los toreros, es tan impredecible, incongruente, ilógica como la mismísima fiesta brava.

El epílogo, de todo un valiente de los ruedos, que del valor hizo su símbolo, se antoja incoherente, absurdo y descabellado.

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