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Toros y Deportes - November 11, 2004

Sigue siendo “El Rey… David”

David Silveti, un torero
de leyenda

Raúl Luna
El Universal

Ciudad de México.- 11 de noviembre del 2004.- Ese día, recordó cómo le gustaba jugar de niño con las ligas que apresaban el dinero que ganaba su padre como torero. En teoría era su penúltima corrida y tras levantarse a las 06:45 horas, se abrió pasó entre la fría bruma que cubría el amanecer de Uruapan, en Michoacán, en cuya plaza alternaría con Paco Dóddoli y Mauricio Portillo en la lidia de toros de Los Encinos.

David Silveti entró a rezar a una pequeña iglesia con Luisito, su mozo de espadas. Volvió al hotel, se tomó un café y mientras charlaba con su apoderado, quien se alistaba para ir al sorteo, se fumó tres cigarros.

Regresó a su habitación para ejercitar con movimientos terapéuticos sus atrofiadas rodillas; luego, bebió un poco de avena para dar paso a la meditación, con tal profundidad, que nada podía perturbarle, ni siquiera el flash de una cámara.

Silveti, quien ese día cortó tres orejas, deseaba brindarle el último toro de su carrera a su esposa Laura y que su padre le cortara la coleta en el ruedo de la Plaza México el 12 de diciembre de 1995, para ir al día siguiente a entregarle su capote de paseo a la Virgen de Guadalupe.

Era el 26 de noviembre de 1995 y todo lo que deseaba en esos momentos "El Rey David", cambió. Múltiples terapias, y un tesón enorme, le permitieron sobre ponerse a no torear su despedida ese año luego que una vaquilla en una tienta le lesionó nuevamente una rodilla.

Tenía fe y paciencia, y así, volvió a vestirse de luces. Reapareció en el año 2002, en San Miguel de Allende, donde sufrió un fuerte golpe que le afectó la circulación cerebral y sin importarle lo que los médicos indicaban, tras siete años de ausencia, se presentó en la Plaza México el 12 de enero de 2003 para mostrar porque le decían el "Rey David" y repitió el 3 de febrero para llevar más allá del límite su toreo, ante una afición privilegiada, que le vio crear sus últimos prodigios.

Pero vino lo irremediable, tras varios desmayos en esos días y con tantas lesiones a cuestas: ya no podría volver a torear, pues incluso hasta un abrazo muy fuerte sería capaz de acabar con su vida y así, existir se convirtió en algo incomprensible: anunció un nuevo retiro el año pasado, a los 48 años de edad.

Buscó como siempre una solución, pero esta vez no se trataba sólo de su voluntad, por lo que el 12 de noviembre del año pasado llegó a Salamanca, Guanajuato, a la finca donde creció con su hermano Alejandro. Ahí estaban como siempre su padre, el matador Juan Silveti y su madre, Dorín; tras charlar con su papá, se retiró a meditar a aquel cuarto que de niño ocupó junto con su hermano y quizás, mientras recordaba toda su vida, hasta llegar a aquel juego infantil con las ligas, se llevó una pistola calibre .38 a la cabeza y un ruido sordo de bala cortó para siempre sus reflexiones.

Hoy a las 19:00 horas en la Asociación Nacional de Matadores se realizará un homenaje póstumo al "Rey David" y el martes, en el Restaurante Tío Luis, de la Colonia Roma, don Jaime Rojas contará con la presencia del matador Alejandro Silveti, quien hablara sobre la vida y obra de su extinto hermano

 

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